La Patria Fusilada: de Güemes a Urondo

El 17 de junio de 1821 moría Martín Miguel de Güemes, herido de muerte por tropas realistas. El caudillo salteño, pieza fundamental de la independencia continental, había defendido la frontera norte del avance español permitiendo a San Martín desarrollar su plan militar desde Chile hacia el Alto Perú. Con sus milicias gauchas, los “Infernales de Güemes”, contuvo exitosamente múltiples invasiones enemigas sin recibir casi ningún recurso del gobierno central (“En la frontera de Salta / no hay ejército, señor / Los guerrilleros se bastan / pa’ pararlo al invasor”, canta la Negra Sosa). Designado gobernador de su provincia en 1815, organizó la guerrilla defensiva volcando sobre la oligarquía salteña el financiamiento de la lucha patriótica, tal como reza en su proclama:

“Por estar a vuestro lado me odian los decentes; por sacarles cuatro reales para que vosotros defendáis su propia libertad dando la vida por la Patria. Y os odian a vosotros, porque, os ven resueltos a no ser más humillados y esclavizados por ellos. Todos somos libres, tenemos iguales derechos, como hijos de la misma Patria que hemos arrancado del yugo español. ¡Soldados de la Patria, ha llegado el momento de que seáis libres y de que caigan para siempre vuestros opresores!”

Sin título-1-01Los pesados impuestos, las contribuciones forzosas y las confiscaciones de bienes y tierras lo habían hecho merecedor de la aversión de la elite norteña, mientras que los fueros militares que aliviaban la penosa situación de los humildes milicianos le habían significado un importante apoyo popular. Sin embargo, la gestación de una rebelión desde la propia oligarquía provincial y el cabildo fue aprovechada por los españoles para concretar el asesinato del caudillo en 1821.

Por esas coincidencias (que nunca son completamente azarosas en la historia de lucha de los pueblos), más de un siglo y medio después, un 17 de junio pero 1976, era asesinado en Mendoza Francisco “Paco” Urondo: otro montonero caía en Guaymallén tras una larga persecución automovilística.

Esta vez, el fusil asesino lo empuñaba un policía argentino: era la dictadura que allanaba el camino para un nuevo colonialismo, ahora con modernos ropajes neoliberales. Pero al igual que en 1820, el pueblo respondía resistiendo. Alzando como bandera la tradición nacional, federal y antiiperialista, la organización más importante de la izquierda peronista trazaba una línea histórica que se remontaba a las montoneras de los caudillos federales como Güemes, Quiroga y Peñaloza, de donde tomaba su nombre.

Urondo, reconocido escritor santafecino, había llegado a Mendoza enviado por la dirección de Montoneros como responsable de la regional.  A su extensa actividad literaria (fue autor de cuentos, novelas, poemas, ensayos y guiones cinematográficos) se sumaba la de periodista, colaborando en medios como Panorama, Crisis, La Opinión, y, finalmente, Noticias, el periódico vinculado a Montoneros. Por esta labor compartió espacios de trabajo junto a Osvaldo Bayer, Horacio Verbitsky, Juan Gelman y Rodolfo Walsh, entre otros.

Su participación política inicial en las FAR desembocó posteriormente en Montoneros tras la fusión de ambas organizaciones en 1973. Precisamente ese año fue detenido junto a otros compañeros y trasladado a la cárcel de Devoto. Allí escribe las célebres líneas de La verdad es la única realidad”:

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.

Un día antes del “Devotazo”, la noche del 24 de marzo del ’73, recogió en prisión los testimonios de tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew con los que compartió celda. Ya en libertad, publicó la entrevista bajo el título La patria fusilada en la revista Crisis.

Por su trayectoria profesional en el campo de las Letras, durante el gobierno de Cámpora también ejerció brevemente la dirección del Departamento de Letras de la Universidad de Buenos Aires. En su discurso de asunción sostuvo que la universidad no debía aislarse del pueblo, de la cultura que le daba sustento. Su orientación latinoamericanista y popular de la literatura desató resistencia y no tardó en renunciar.

Sus colegas y compañeros aseguran que no tuvo conflictos entre el oficio de escritor y su militancia política. Según Gelman, “nunca hubo contradicciones entre la militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de escritor. En sus poemas se puede ver la profunda unidad de vida y obra que un autor y sus textos pueden alcanzar.”

Un 17 de junio, a sus 46 años, moría en nuestra provincia por no resignarse ante la injusticia, como tantos/as otros/as compañeros/as. El propio Urondo lo había anticipado en “Solicitada”:

Ya no soy
de aquí; apenas me siento una memoria
de paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio
por este mundo desgraciado. Le daré
la vida para que nada siga como está.

Al coraje de estos dos patriotas, unidos por la fatídica fecha, rendimos homenaje.

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